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- Santiago
- Enero de 1979. El primer mes del año y el último mes del embarazo. Mi madre, Raquel, sobrellevaba el húmedo calor de Buenos Aires. Mi padre, Jorge, trabajaba ya para sostener a cinco hijos. Yo sería el sexto.¡Y seis más vendrían después! Los doce hijos del Patriarca Jacob, los doce apóstoles del Cordero, y nosotros: Federica, Juan Pablo, María Mercedes, Tomás, Marcos, Gastón, Trinidad, Magdalena, Lisandro, Verónica, Milagros y yo. Por razones de trabajo, papá y mamá decidieron que debíamos buscar en otro lugar lo que no encontrábamos en la "misteriosa Buenos Aires" como la llama el poeta. Carmen de Patagones nos esperaba. Ese hermoso pueblo a orillas del río Negro, del Currú Leuvú, "río de los Sauces", de vida mansa, cálida y colonial, encantador por sus callecitas, el Fuerte, el muelle, su victoria patriótica ante la invasión del Imperio del Brasil en 1827, la casita del Gran Comandante Luis Piedrabuena, domador de mares, etc. Incomparable su templo, construido sobre la parte más alta del pueblo y dedicado a la Madre del Escapulario, Nuestra Señora del Carmen. Allí, en esa iglesia sobria y solemne, mi fe y mi vocación hallaron su vigor y su madurez.
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